La idea del suicidio me coquetea porque no me miente.
No promete redención, no disfraza el sufrimiento, no ofrece consuelos vacíos.
Es una presencia serena, brutalmente honesta, que no necesita gritar para hacerse oír.
Me seduce suavemente, como si una voz íntima —casi mía— me llamara desde algún rincón oscuro del alma.
No me empuja, me acaricia.
Es tan cautivante que a veces se siente como un juego perverso, lúdico, iridiscente.
Como si al imaginarlo se encendiera un fuego delicado, sensual, casi erótico.
No porque quiera morir. No del todo.
Sino porque hay algo profundamente bello en imaginar el silencio final.
Saber que puedo irme cuando quiera me da una calma rara.
Una puerta siempre abierta, sin promesas, sin juicio.
No es desesperación. Es congruencia.
Es mirar de frente la farsa de la vida y no parpadear.
Y en ese cruce entre el espanto y la lucidez, encontrar —por un instante— algo parecido a la paz.
Comentarios
Publicar un comentario